A ver, muestremé cómo escribió la palabra zurcir. Me acuerdo que hasta las maestras en la Escuela de Manualidades la escribían con ese y yo tenía que andar corrigiéndolas...

Tal vez ese frecuente descuido ortográfico al que hace referencia Estela Romano, volviendo atrás unos 40 años, era el anuncio de lo que iba a pasar: la desaparición de un oficio que se transmitía de maestro a aprendiz y que no muchos estaban dispuestos a adquirir.

Quien guarde en su ropero una prenda que aprecie y no la pueda sacar porque tiene una herida insalvable (una quemadura de cigarrillo, una rajadura) habrá recibido la prescripción: "la tenés que llevar a alguien que haga zurcido invisible", una técnica que se acerca más a la magia que a una labor de costura. El experto extrae un retazo de tela de algún lugar oculto de la prenda, lo ubica sobre la rotura y con una serie de artificios asombrosos la hace desaparecer. "No es un parche, ojo. Es zurcido, que para mí es muy parecido a pintar", defiende Estela, de 56 años. Lo cierto es que la herida desaparece y ni los ojos más entrenados pueden percibir cicatrices.

"Cuando me preguntan mi oficio, yo digo que soy zurcidora, ni modista ni sastre ni nada, zurcidora", agrega ella sacando pecho, consciente de que es una de las pocas -si no la única- conocedora de este arte que siguió cultivando aun en los tiempos de tirar y comprar nuevo.

El de zurcidora entra en la extensa lista de oficios en extinción. Y lo más dramático, según Estela, es que no encuentra a quién enseñarle. "Mi psicóloga dice que cuando uno tiene un oficio hay que legarlo, así como me lo legaron a mí. Pero el problema es que nadie quiere aprender. Incluso en una época publicaba mi teléfono en el diario (no tiene problemas de seguir haciéndolo: 424-2850), no para ofrecer mis trabajos de zurcido, sino para enseñar. Y nada..."

Nacida para zurcir
En la escuela primaria, Estela Romano se destacaba en manualidades y asistía a los turnos coprogramáticos que se dictaban los sábados. En la secundaria entró a la Escuela de Manualidades, donde cursaba 17 materias. "Me gustaban todas, disfrutaba mucho, pero no pude terminar. Me acuerdo de que renegaba porque hasta nos enseñaban a plegar papel; no le veía un fin práctico, pero más tarde pude valorarlo como un gran entrenamiento para la habilidad manual", rememora.

A los 15 años entró a trabajar en un comercio y a los 20 quedó desempleada. Afortunadamente. "Un día estaba en el taller de Nino Gaón -un sastre tucumano- y me ofrecí a ayudarle con las costuras. Me preguntó cuándo podía ir y yo le dije que esa misma tarde. Empecé y al poco tiempo me preguntó si me animaba a aprender a zurcir y acepté. Aprendí rapidísimo; él me dijo que yo había nacido para zurcir. De ahí no paré más".

Esa historia ocurrió hace unos 35 años, y tres meses después de legarle el oficio, el tal Gaón murió. Durante un año siguió trabajando con la viuda del sastre, hasta que una ley terminó con los alquileres "de palabra", y para permanecer en el taller debían adecuarse al nuevo sistema legal y pagar mucho más que antes.

Después de una serie de idas y vueltas, Estela se instaló en su casa de 9 de Julio al 1.200, el lugar donde ahora la van a buscar los nietos de sus primeros clientes para encargarle trabajos. Allí montó su taller, donde se dedica a la costura de día y al zurcido de noche. "Para zurcir prefiero la noche. Pongo música, folclore -además, Estela toca la guitarra y canta- y termino los trabajos de un solo tirón. De día hay muchas interrupciones, y en esto hay que estar muy atento", confiesa.

Y el "parche" desaparece
Si lo hace de corrido, un trabajo de zurcido puede llevarle alrededor de una hora y media, si no le suena el teléfono o la puerta. Una vez que encuentra de dónde extraer el retazo, procede a deshilarlo y con una aguja enhebrada doble, oculta uno por uno los hilos hasta que el parche ("no es parche", insiste) desaparece. "Es fundamental seguir la trama y la línea de la tela para que no se note. Por eso hay que estar concentrado y prestar mucha atención. De todo lo que se hace en el taller es lo que más me gusta, porque es una satisfacción personal verlo terminado y bien hecho. Si no me convence, saco todo y vuelvo a empezar".

Estela tiene la esperanza de que a alguien se le despierte el interés y se anime, como ella, a aprender su oficio antes de que termine por desaparecer. En las escuelas ya no lo enseñan e incluso para las nuevas generaciones zurcir es un arte desconocido.

"A ver cómo escribió. Es con zeta. Muy bien", se aseguró antes de despedirse.